UN RANCHITO PAQUETE

UN RANCHITO PAQUETE

Santiago García Navarro

La Nación, 2001

 

Nushi Muntaabski reinventa la estética campera gracias a la venecita.

Un rancho en medio de una sala de exposiciones. La curiosa presencia se vuelve más curiosa cuando, al acercarse, uno descubre que la  vivienda está resaltada con el color, el brillo y la textura de la venecita. Pero no es un rancho en sentido pleno, sino un esqueleto: columnas y techo de ramas, material y metafóricamente “atados con alambre”

En la sala precedente, una azada, una escalera, una pala, también revestidas de nuestro tan afín mosaico veneciano. Aunque no ya con la suavidad de que está cubierta la casita precaria, sino con los vidrios en punta, como si estas herramientas tan habituales en el campo se hubieran erizado. (En su potencial metafórico, hay quien leyó en estas piezas una referencia a la actual desocupación generalizada)

Son simples las obra que Nushi Muntaabski expone en el ICI, pero en su simplicidad, también son capaces de provocar en la mente del espectador el rebote de múltiples imágenes del pasado y del presente del arte, de la historia.

El ready made duchampiano, alimento de tantos artistas desde principios del siglo XX hasta la fecha, es en el caso de esta obra una referencia viva y obstruida. Al tomar objetos preexistentes y estilizarlos por medio de la elegancia en otros tiempos berreta de la venecita, Muntaabski ejerce una suerte de dominación sobre el objeto, lo coarta, lo “acogoto”.

En este proceso hacia el embellecimiento artificial, también queda a mitad de camino el Arte Povera, con su intención de reinvindicar el valor de los materiales pobres de los que la naturaleza provee al hombre.

Luego, la carga medularmente argentina, que en un plano semántico liga estas obras con la tradición gauchesca y el paisaje pampeano, e incluso con las imágenes melancólicas y absurdas de César Aira. Lo argentinao evidente en el material utilizado –basta con revisar los sites en los que se lo cita para comprobar que son todos locales- y también en el diálogo que la artista establece con la obra de Luis F. Benedit –“tiene una enorme libertad para manejar los símbolos argentinos” elogia Muntaabski –no ya por volver a la imagen del rancho, sino por la cálida ironía con la que la recrea, esa mezcla medio histérica de distanciamiento y entrega. Victor Grippo, por fin, con su exaltación del oficio, aparece como otra cita aceptada.

La obra de Muntaabski, sin embargo, no se minimiza por estas deudas. Todo lo contrario: por pensarse como receptora de una herencia y crear a partir de ella, se robustece a sí misma y robustece la concepción de un posible arte argentino –no solo visual sino también literario- que se recupera a sí mismo, que se sabe vivo, y que ciertamente se opone al otro, tejido de individualidades erráticas, imposibles de leerse como partes de un todo.

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