Los viajes de Nushi, por Marcelo Pacheco
Como Gulliver, Nushi va de tierra en tierra y de geografía en geografía, hasta quedarse hablando con sus caballos, convertida en una ermitaña, lejos de los hombres. Los enanos y los gigantes, el emperador y el rey, los caballos y los casi humanos son sólo habitantes de las diferentes playas a las que llega después de naufragar. El cuento escrito por Jonathan Switf apareció por primera vez en 1726.
Todo comenzó hace muchos años, tantos que es difícil arriesgar un número. El mundo del arte era otro mundo, el mundo era otro mundo.
Digamos que fue alrededor del 2000 para usar una fecha que muchos creyeron que marcaría algo más que el paso de una centuria a otra. Para muchos era el fin de algo y el principio de otra cosa. Una noche vieja y un año nuevo milagrosos o mágicos.
Es difícil saber qué pensaba Nushi en aquel cruce de un lado al otro, después de todo, cambiar de año o de siglo era una costumbre que siempre le había brindado su obra. Inquieta, obsesiva, multipolar, siempre Nushi estuvo aquí y allá y al mismo tiempo.
Por momentos visitando el tiempo galante de los reyes de Francia y sus amantes, entre espejos, taraceas de maderas y gobelinos Barrocos, pensando en los detalles de un moño, un parque con una fuente o una peluca, sentada viendo llegar, con cierta satisfacción la Revolución; algunas mañanas recorriendo el campo, galpones, corrales, herramientas, molinos, animales, y una naturaleza amable pero extendida hasta el fin, inquietante; otras tardes paseando por Constantinopla o Estambul –cualquier nombre evoca cierto misterio- en Santa Sofía, admirando sus amadas venecitas, llameantes, entristecidas, gotas de rocío, las lágrimas perladas de Man Ray, oro del oriente para Justiniano y Teodora, lapislázulis, turmalinas, piedras semipreciosas, dispuestas sobre paredes, techos, columnas, altares, cúpulas, escaleras, pisos y minaretes, en los restos de una iglesia consagrada por el cristianismo y conquistada por la fuerzas del este hasta convertirse en mezquita; no faltaron los días de sol en la villa entre torta fritas y mates, mostrando a madres y niños, padres e hijos, cómo pegar recortes de los más variados materiales en los muros de un descampado.
Pero en sus viajes Nushi nunca está sola. Vagabunda o nómade por naturaleza, por herencia, por antepasados de esta orilla del Río de la Plata o de aquellas otras aguas verdosas que dividen a Budapest. Caminante nocturna, ahora transformada en jardinera que saluda al sol renaciendo de su noche oscura; noctámbula o madrugadora sus andares no han sido solitarios, aunque pocos la han acompañado en sus aventuras de aquí y allá.
Nushi siempre se apoya en alguna de las decenas de humores, vidas, abandonos y amores que rodean a cada una de sus siluetas, de sus personalidades, algunas simplemente de paso, o huéspedes menos apuradas, otras constantes que regresan y parten de prisa, pero para volver. Hay tantas Nushis, para la conversación, para encender el fuego, para perderse en el jardín, para descansar en el alcohol; hay tantas Nushis apuradas, movedizas, de fuertes y cambiantes abrazos, de ritmos acelerados cortando en rodajas un caniche de corales o emplumando de plata una pareja de faisanes. Nushi vive ovillada viendo el brócoli gigante que se apoya en un viejo roble; displicente y lejana contemplando la caída del sol o una lámina de su amado Gustave Klimt; Nushi vive sin calma, a toda velocidad pegando venecitas sobre trofeos de cacerías imaginarias, o dejándose hundirse en su cama.
Pero ¿qué se sabe de Nushi? Se sabe que empezó plantando zanahorias –al menos es lo más antiguo que retiene esta memoria- y que ahora teje bajo el alero de su galería frente al jardín lleno de rosales, mientras piensa en Gulliver y sus ocho metros, un Gulliver que es ella, que tiene su cuerpo, sus formas, su rostro. Nushi gigante y en rebanadas, por allá un brazo, por acá el cuello, más lejos la cabeza, del otro lado un pie junto al torso; un Gulliver mujer que se arma y se desarma, una buena definición para Nushi y sus Nushis que la persiguen o la protegen según las épocas.
Pero volvamos ¿qué se sabe de Nushi? Zanahorias, venecitas, lectora paciente, exploradora de imágenes, le gusta verse desmembrada, quizás por el placer y las ganas de multiplicarse o porque se siente partida o la fueron cortando en pedacitos; mutilación, milagro, fantasía, psicosis, el gusto que le provoca pensar en la risa de la gente jugando con su cuerpo, sentada sobre sus ojos, corriendo entre sus piernas y un brazo, perdida en su sexo, deslizándose sobre su torso.
Además, sabemos de Nushi, que vivió en Nueva York, que se enamoró en Brasil, que hizo de las suyas cruzando varias fronteras, pero siempre volviendo a la ciudad a orillas del río color león. Quizás sólo los más cercanos o los más preguntones, saben que es madre y viuda una vez, que cocina guisos húngaros, que siempre quiso dirigir películas pornográficas, que sus delirios por las túnicas y los accesorios imposibles de ignorar le vienen de su madre.
También se sabe que hizo pastitos con vidrios, pampas peligrosas, increíbles en sus variedades de verdes y en sus brillos cuando la luz del día pega sobre tantos matorrales, potreros y montes totalmente deshabitados, puro paisaje, pura amenaza con historias invisibles.
Se sabe que escribió La novia de Duchamp, origen de amores y odios, que movió el avispero, lo que de verdad, mucho no la afectó, un poco de polvareda siempre viene bien. Su personal y caprichosa historia del arte o cuentos y chismes artísticos, una vez por semana en la radio, junto a la Negra y Torto, encendieron impulsos desconocidos en cientos de miles radio escuchas, y los rumores ofuscados de la crítica seria y de muchos colegas, ni que decir cuando llegó al “Martín Fierro”.
Se sabe que hace dos años, después de una muy exitosa y comentada exposición, se fue a vivir allá lejos. Los datos no son precisos, no quedó clara la dirección, si para el este o el oeste, pero sí seguro es cruzando la General Paz. Tantas noches porteñas de inauguraciones, cenas, fiestas, espectáculos y amontonamientos, quedaron atrás –salvo alguna que otra escapada-. Se retiró dicen algunos. Se cansó dicen otros. Unos pocos no dicen nada, de puro desconcierto nomás. Y allá en el campo hay una casa con techos y vigas y amplios cuartos y abundantes chimeneas, donde Nushi hizo su hogar y armó su taller, y agregó a su vida perros, gatos, una huerta, árboles añosos, la infaltable pileta para las noches de luna y un buen vino, una parrilla para su tira de asado y alguna que otra papa asada, y mucho pasto y flores y una tranquera y, por supuesto, allá lejos, en su nuevo taller, sigue tallando y recortando venecitas, dibujando y en voz baja trabaja en secreto, secreto, secreto, nada puedo adelantar a los lectores porque terminaría en rebanadas como el caniche, sólo puedo decir que se viene una joya!
¿Cuánto más se sabe de Nushi? Que se sepa y se pueda publicar, porque saber se sabe o, mejor dicho, decir se dice, se dice de todo y seguro que los rumores se quedan cortos. Pero hay que pensar en su carrera, en Nushi la artista, ¿qué más se conoce? Sus clases enseñando el oficio del mosaico con venecitas; cursos famosos y que se comentan además divertidos. Hay obras de ella por todos lados, en museos, colecciones, fábricas, merenderos, barrios suburbanos, villas, plazas; se han visto vidrieras con sirenas mágicas y brazaletes de metal para algún otro calabozo, para alguna otra cama, y también clavos enormes. Está documentada su muestra sobre la taxidermia y algunas anteriores; se anotan varias performances, la última una bella durmiente dispuesta a miles de besos antes de despertarse después de cinco o seis días, con la gente, primero, mirando con curiosidad y sin entender mucho, después, entrando a un cuartito y tímidamente acercándose a la mujer dormida desde hace siglos, atreviéndose a besarla, más de uno con la esperanza secreta de que se despertara, pero Nushi a lo sumo sonría con los ojos cerrados y su cuerpo quieto quieto ¿quién sería el príncipe, su príncipe?
Ya se sabe por estos mismos comentarios que Nushi es una artista juguetona, filosa, inesperada, que le gustan las piedritas, los restos de cuantos materiales pueda conseguir y también el oro y la plata, que decora vidrieras de exclusivas casas de moda y accesorios y también trabaja con la gente sobre los muros de una fábrica; sabemos que le gustan los relatos donde sus héroes y heroínas alcanzan las maravillas de la salvación, la bella durmiente viviendo en el palacio y Gulliver pudiendo vencer las amarras de los liliputienses, y un océano con sirenas y grilletes de prisiones ya vacías y vegetales gigantes y homenajes a Albers, Tarsila, Pettoruti, Burle Marx…
Se sabe que vistió Galliano y que le gusta Mozart y leer, leer mucho, que adora el mar, que construyó un obrero gigante para la rampa de un pabellón visitado por multitudes, que hace poco hizo un tondo de azul marino con peces y aguavivas; hay un crepúsculo de Pettoruti que todavía la espera en otra playa para nacer sobre un esqueleto de concreto.
Nushi la melancólica y la otra la que se despierta feliz cada mañana, hace meses que se deleitan con la idea de ser gigantes, de medir ocho metros y que puedan ser desarmadas y que la gente juegue, se siente, corra, se acueste o simplemente mire, y que algunos visitantes más decididos traten de reconstruirlas. La tercera Nushi, es la que está asustada, a ella le gustaría pensar en menos metros, la exageración la pone inquieta y verse monumental, medir tanto es una pesadilla. Entre la cuarta y la quinta, los cruces son más complejos. Ya empiezan los conflictos de siempre: que yo quiero verme lo mejor posible y brillante brillante, no eso sí que no, desechos baratos y nada de maquillaje, sólo retocada aquí y allá, los cincuenta años traen tantas consecuencias y en ocho metros todo se agranda hasta las pecas! Nunca falta la Nushi arrepentida ¿qué estoy haciendo? Cuando no me invitan a cocinar y exponer vegetales, me pongo a dormir entre miles de personas y ahora me creo Gulliver desmembrada, y en el medio palenques, escaleras, palas, todo un zoológico y trofeos de cacerías, de tanto ir y venir ya no sé dónde estoy ni quién soy. Nushi no te tortures dice otra nueva que aparece misteriosa en escena, luciendo botas altas, una pollera corta, un chaleco provocativo, un abrigo hasta el piso y con cuello de piel y un sombrero casi decó, no te aflijas, con esto de las piedrecitas todo el mundo te reconoce, claro la bella durmiente o alguna que otra foto y creo que también hay un video y la plaza y los murales, si, no sé, quizás subestimé el tema y hay que enfocar un poco más en lugar de tanta cosa, ay! y me olvidaba del libro y la radio! menos mal que no llegaste al largometraje, uy! y las vidrieras y alguna que otra pileta, mejor no seguir pensando, Nushi, querida, tranquilízate que no se puede hacer de todo, saltar de un lado al otro, y más ahora que vas a tener ocho metros. ¿Por qué Gulliver estando disponible Pulgarcito? Pregunto nomás, era un decir.
Interesante, un Gulliver recostado y desarticulado. Humor negro, ironía. Otra vez el cinismo y la impudicia rococó o contemporánea. Parece todo tan simple, un cuerpo para jugar, piezas de una figura monumental en una plaza, junto a un museo. La gente puede divertirse o descansar.
En sus trabajos Nushi siempre parece sonreír. Sin embargo, los climas son densos, los comentarios incisivos, las miradas sobre el mundo agudas, no furiosas si memoriosas, aunque siempre se refugia en el beneficio de la duda, pero con los años aprendió a leer la realidad con más cuidado, más atenta, más preparada para las decepciones. A Gulliver no sólo le pide su gigantismo sino también su fragilidad a pesar de su tamaño, su sorpresa frente a los ataques inexplicables, su deseo de despertar de tantas pesadillas, no de las nocturnas, sino de las de la vigilia, las que son de carne y hueso. Gulliver es gigante pero se desploma sobre la playa, sobre la tierra, sobre el césped. En aquella isla y en esta ciudad, la piedad es un sentimiento extraño y Gulliver lo supo pronto, Nushi lentamente.
Claro que el argumento tiene diferentes lecturas y quién amenaza a quién, depende de los puntos de vista. El gigante poderoso y los liliputienses indefensos, o los chiquitos aguerridos y el grandote desorientado y torpe.
Y siguen los interrogantes ¿Nushi es Gulliver travestido o se trata de una versión libre del texto original? ¿El cuerpo desmembrado es un acto de violencia o una muestra de generosidad que derrama felicidad, renunciando a ser uno y vanidoso? ¿Nushi nace desnuda en su proceso hacia el gigantismo, o su cuerpo fue agredido hasta la humillación de obligarla a exhibirse en su intimidad? ¿Nushi es el mundo de metáforas y alegorías que ocultan Gulliver y sus viajes o un juego para un día de sol frente al río?
¿Por qué Nushi es siempre tan resbaladiza, tan perlada pero apenas asomando de su ostra, tan misteriosa como la espuma del mar deshaciéndose sobre la arena? Siempre se guarda algo; siempre está llegando y se está yendo en un mismo giro y en un segundo. Se expone brillante y se ve libre, pero hay un repliegue impreciso que siempre puede estallar entre sus venecitas.
Una mujer de ocho metros todopoderosa y con las fuerzas de quien domina, y de pronto un cuerpo desnudo caído y cortado. Un desnudo femenino gobernando el mundo, siempre los matriarcados obtienen la victoria, y en un instante un ser despojado de su ropa y entregado a los lobos. Nushi es varias Nushis y puede ser Gulliver toda una vida o sólo durante un instante; Nushi se disfraza con un cuerpo inmenso en el reino de los liliputienses o es lastimada por tantas pequeñeces de lo cotidiano que duelen, duelen mucho y hacen daño.
Nushi y todas las Nushis se pusieron de acuerdo, quieren ser Gulliver para ser gigantescas y que todos jueguen con ellas y las acaricien y sean cómplices traviesos sobre sus pechos, audaces y decididos escalando sus torsos, indolentes y placenteros recostados entre los dedos de sus manos. Nushi quiere abrigar el mundo y que el mundo la abrigue. Siempre buscando lo imposible, siempre en la tierra de las fantasías, porqué no, sólo en lo inexplicable del arte Gulliver puede verse en un cuerpo de mujer gentilmente ofreciendo sus fragmentos dispersos para que el otro sea más feliz mientras dure el encanto del descubrimiento, de la sorpresa, de los recorridos sin trazar.
La verdadera historia de este texto es que Nushi me pidió que escribiera sobre su Gulliver de ocho metros. Tarea imposible para mí. Pensé entonces que una solución podía ser jugar con sus partes como cualquier espectador, sin embargo, siempre fui malo para disfrutar y armar “mis ladrillos”, por lo tanto mejor olvidar la opción. Rumiando, se me ocurrió una salida, quizás no muy honorable, pero segura y hasta confortable. Si me adelantaba a los hechos, si me animaba a escribir sobre el Gulliver antes de su existencia, antes de que su rostro y su cuerpo fueran tallados, entonces estaría a salvo de sus cantos de sirenas, de sus muslos suaves y carnosos, desnudos entre piedras y perfiles de taseles más relucientes que el sol y más tristes que una tarde lluviosa. Nushi y Gulliver cubiertos de bruma, la única posibilidad para que las palabras visiten sus cuerpos gigantescos.
La Nushi del sol naciente y la otra, la de la melancolía sin alivio, son como gemelas, siempre se las ve juntas y son de poco decir, frente a los alborotos acalorados de las demás compañeras de viaje. En fin, el autor intentar lo intentó, pero a la batalla vamos solas ¿o no? Momentito, deslizó una callada pero bastante sesuda Nushi, con una fina copa de champagne en su mano derecha ¿La batalla de quién es? ¿Quién quiso insistir? ¿Quién soñó con una Nushi Gulliver que se arma y se desarma?
Tener aliados, amores y amigos, pocos pero con hombros para llorar, rostros para reír, brazos para envolver, manos para ayudar sinceramente ¿Qué más? El salto al vacío es solas, o peor, el salto es de una Nushi sola, la que se quiere pero no se quiere, la que tiene coraje y tiene temores, Nushi, la Nushi de los miles de bichitos de luz que titilan en su jardín. Lo demás está por escribirse…
“¡Oh mi bien! ¡Oh mi bello! Charanga atroz en la que ya no tropiezo. ¡Mágico potro! ¡Hurra por la obra inaudita y por el cuerpo maravilloso, por la primera vez! Esto empezó con la risa de los niños, terminará por ellos. Este veneno permanecerá en todas nuestras venas, incluso cuando volviendo la charanga, seremos devueltos a la antigua inharmonía. ¡Oh ahora, nos, tan digno de estos tormentos! Acoplemos fervorosamente esta promesa sobrehumana hecha a nuestro cuerpo y a nuestra alma creados: esta promesa ¡esta demencia! ¡La elegancia, la ciencia, la violencia! Se nos ha prometido enterrar en la sombra del árbol del bien y del mal, exiliar las honestidades tiránicas con tal de que aportemos nuestro muy puro amor. Esto empezó con alguna repugnancia y esto terminó –no pudiendo, apoderarnos de inmediato de esta eternidad-, esto terminó con una desbandada de perfumes.
Risa de niños, discreción de esclavos, austeridad de vírgenes, horror de las figuras y de los objetos de acá, sed consagrados como recuerdo de esta velada. Esto empezó con toda la zafiedad, y he aquí que termina con ángeles de llama y hielo.”
Arthur Rimbaud, “Mañana de embriaguez”, Iluminaciones
El extraño universo del taxidermista loco, por Daniel Molina
Si el arte pone en escena aquello que está en la raíz del goce (es decir, la muerte), actualmente dos exhibiciones trabajan esa compleja trama simbólica: “Taxidermia”, de Nushi Muntaabski, y “Mocoso insolente”, de Nicanor Aráoz. La de Muntaabski construye su mundo a partir de ver la muerte como vida congelada. Y las figuras expansivas de Aráoz parecen estar en transformación permanente, como latiendo. Un museo freak de objetos e instalaciones para no perderse.
El arte es un juego perverso. Lo impulsa siempre el goce que no busca la reproducción. Por eso, el arte casi siempre pone en escena aquello que está en la raíz del goce (y del sentido): la muerte. Dos muestras actuales –con espíritu tan diverso como sólo es posible en el campo de la invención– trabajan esa compleja trama simbólica: se trata de Taxidermia, de Nushi Mun-taabski, y Mocoso insolente, de Nicanor Aráoz.
Somos el único animal que sabe de su fugacidad. Cada día que pasa es más probable que sea el último: lo sabemos y queremos olvidarlo. Martin Heidegger dijo que lo propio del humano es “ser para la muerte”. Esa conciencia (de la muerte) nos constituye. Jean-Paul Sartre lo dice a su manera, más poética: “El hombre es una pasión inútil”. Vivimos a puro gasto; buscando sentido en el sinsentido de existir.
Taxidermia construye su mundo a partir de ver la muerte como vida congelada. La muestra presenta una serie de esculturas que semejan los animales embalsamados que exhibiría un museo de ciencias naturales si tuviera una curación que se inspirase en las discotecas de los 80. Cada obra es una pieza de orfebrería, pero a escala gigante. Recubiertos de venecitas o de piedras brillantes, los animales ya no remiten a la vida salvaje, sino que funcionan como alhajas. Hasta los leones, una vez que se los embalsama, se convierten en objetos decorativos.
Muntaabski presenta un museo que, a la vez que remite al mundo ficcional de la artista (se relaciona con fragmentos de su novela inédita, titulada justamente Taxidermia), también es la puesta en cuestión del museo como espacio de exhibición de la muerte. En especial cuando la muerte (de los animales, en este caso) es usada con fines didácticos. Ese uso se da no sólo porque se enseña algo sobre las bestias exhibidas y su hábitat (como hacen los dioramas), sino porque además se enseña –se muestra– que somos el único animal con un poder descomunal: el de cazar, matar, embalsamar y exhibir a los otros animales.
Si bien se conocen cuerpos embalsamados (tanto humanos como animales) anteriores a la cultura egipcia, fue en el Valle del Nilo donde el embalsamamiento alcanzó la cima. Nobles y plebeyos adinerados se hacían embalsamar para poder pasar al mundo de los muertos y gozar allí de otra vida. La taxidermia (palabra griega que significa: “acomodar la piel”) trabajaba la cáscara visible del cuerpo –eliminando los órganos internos– para permitir la apariencia de una vida más allá de la muerte. La imagen era lo importante. Eso garantizaba la vida, así fuera una máscara de la vida. Esa vida helada es la que late en los animales que muestra Muntaabski: hace tanto frío en ese mundo que el niño ciervo debe calzarse unas botitas de piel. Nos da ternura que el pequeño conejito esté rodeado de sus plantitas amigas en su sarcófago de cristal.
En nuestra cultura la muerte suele ser ignorada. Mejor dicho: la muerte está muy mal vista. Hace medio siglo que se impuso el ideal de la eterna juventud (que se acompaña de la idea de la salud eterna), y se fantasea con que la ciencia logrará que ese sueño sea una posibilidad cada vez más cercana.
Desde entonces, la muerte ha sido barrida debajo de la alfombra: cada vez hay menos rito funerario y más ritos de ocultamiento de la muerte. Los viejos y los enfermos son considerados como fracasados sociales. De allí que los animales embalsamados con que Muntaabski construye su irónico jardín de las delicias sea un muestrario de la belleza joven: vida congelada en la flor de la vida. Hasta la gallina que huye del zorro (y que recuerda –inoportuna– que para vivir, hay que saber escapar o saber matar) da cuenta de su “vitalidad”.
Perversa polimorfa, como toda niña, Muntaabski genera una obra que está recubierta por varias capas de sentido. Lo primero que se ve en esa cabeza de ciervo o en aquella piel de leopardo es una pieza que quedaría bárbaro en un living minimalista: la ornamentación como una de las bellas artes. Pero, de a poco, se descubre que cada obra está cargada con tal energía poética que es imposible mirarla sin sumarse a la alucinación de la que participa. Hay un eco beatnik, de vaganbudeo a la Kerouac, que da una ilusión atemporal (está fuera del tiempo) y anacrónica (no es de ahora y no sé bien si es de otra época): es un flash o un trip. Es una experiencia psicodélica que no necesita de sustancias químicas (pero que no las rehuye).
Mocoso insolente participa de un espíritu parecido (aunque es difícil verle el parecido), pero en un registro completamente otro. Al igual que Taxidermia, está compuesta de diferentes obras, pero construye con todas ellas un relato único (y abierto, a la vez). Se la puede ver como una muestra que presenta tres obras distintas o como tres instancias diferentes de una misma instalación. En el fondo de la sala se ve una fotografía (en el que la silueta del artista remite a la representación cinematográfica del hombre-lobo), una escultura central (especie de ectoplasma de película de marcianos) y una silueta sin cabeza que juega con una cadena a la manera de látigo.
En las muestras de Nicanor Aráoz hay siempre algo que hace pensar en un museo, pero es un museo freak. Está conformado por cosmoramas alucinógenos: a veces, los ratones llevan a la rastra al gato; otras veces, un estallido de galletitas Sonrisa semeja un vómito pícaro. Es un museo de la inversión: el mundo puesto patas para arriba. La subversión.
La subversión que opera Aráoz es un trabajo demoledor. Quizá la eficacia de esa demolición se deba a que opera mediante el humor. Pero es un humor muy serio, del tipo que le hubiera encantado a Georges Bataille (citado profusamente por Claudio Iglesias en el catálogo de esta muestra). La subversión de Aráoz es una máquina de guerra que se ríe de la guerra. Y la guerra que entabla no es cualquier cosa: es una batalla por el sentido, por el estatus y por el futuro del arte. Nada menos, pero sin receta y sin pontificar.
Al igual que Muntaabski, Aráoz está fascinado por las posibilidades de la taxidermia. En muchas de sus obras anteriores, él también usa animales embalsamados. En Mocoso insolente no los hay, tal vez porque serían redundantes: en cierta medida, los seres que presenta sólo pueden haber sido imaginados por un taxidermista loco. El ectoplasma que se ha devorado al niño –o así me lo imagino yo a ese ser que ocupa el centro de la sala, y que deja ver el walkman anacrónico que portaba, pájaros que tuvieron la desdicha de pasar cuando el niño fue deglutido, rastros que recuerdan que hubo una vida allí–; bueno, ese ectoplasma es, a la vez, una galletita Sonrisa tamaño gigante y es una rima visual de Frankenstein: el hombre que volvió de la muerte para decirnos que es horrible que nuestro cuerpo se componga de retazos de otros cuerpos: nuestros padres o donantes.
El cuerpo que se auto-martiriza con una cadena látigo es también doble: escultura de lo trágico (lo desmembrado y lo acéfalo) y risueña ensoñación infantil de heroísmo descosido, disfraz berreta que se deshilacha por los pliegues. A diferencia de los animales congelados de Taxidermia, las figuras expansivas de Mocoso insolente parecen estar en transformación permanente: laten. Esa poética móvil se debe a que más que objetos son pensamientos (o tienen un estatus virtual, como si fueran seres digitales que interaccionan con nuestra mente). Ponen el dedo en la llaga: qué sentido tiene morir para aquel que no fue capaz de vivir con humor. Los zombies de Aráoz serían aquellos seres que son incapaces de morir porque no supieron vivir.
Por Daniel Molina
Brócoli, por Juan Fernando García, para Revista Bravo, 2008
Mercado en Malba, Curadora: Christina Schiavi. 2008
Tal vez la evidencia más sobresaliente de esta nueva edición del Programa Contemporáneo de Malba, sea el colorido que estalla en la planta baja del museo más frecuentado de Buenos Aires. Mercado –con todas las reminiscencias que evoca, dentro y fuera del arte– abre un juego por demás sustancioso, sostenido en la apropiación del espacio que el proyecto de la artista Cristina Schiavi propone. Sin solemnidad, las piezas de Nushi Muntaabski, Gabriel Baggio, Elba Bairon se integran en un paseo por demás atractivo. De amplia trayectoria nacional e internacional, los artistas convocados instalaron sus obras en mesas multicolores –con ecos latinoamericanos y claras marcas de la obra de Schiavi–, entablando un verdadero diálogo, que suma a los asistentes. Baggio cocinó en la inauguración un plato típico del noroeste argentino; exhibe utensilios fabricados por su abuelo con distanciado orgullo, y la memoria familiar enmarcada en bellos manteles bordados. Bairon presenta piezas blancas, de formas irreductibles, como si en lo amorfo la vista necesariamente deba naturalizarlas, volverlas real; los restos de algo inconcluso, inútil, o su contrario. Muntaabski expone un monumental brócoli de mosaicos venecianos que, bajo las luces frías de la sala, se torna imperial. Gabriel Ferraris, tallador de frutas y verduras, cita una obra de la colección particular del museo, a pedido de Cristina Schiavi, embelleciendo las mesas con sutiles ornatos. Todo es colorido, doméstico, público. Las verduras sucumben, las naranjas se corrompen. La alegría se contagia en los colores.
Juan Fernando García, para Revista Bravo
El beso, Rubén Szuchmacher. Buenos Aires, 2003
Fue en el marco del segundo taller que Nushi Muntaabski creó su obra “El beso”, que se representó en el Instituto Goethe de Buenos Aires, durante la temporada 2003, con la colaboración de Lola Arias (poeta) y Federico Marrale (músico).
Las funciones realizadas permitieron descubrir a una artista, que no habiendo tenido ningún contacto previo con el teatro, realizaba una obra extraordinaria, una obra hecha desde la fascinación del teatro.
Rubén Szuchmacher. Buenos Aires, 2003